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Comienza desde el primer
capítulo con una interesante narrativa de Génova y de Cristóbal Colón,
quien posiblemente fuera una encarnación del Maestro Saint Germain.
En el segundo capítulo, dedicado a la ciudad de Pisa, encontramos a una
familia muy interesante: Los Médicis y su relevancia en la educación del
Príncipe Rackoczy (quien fuera también otra encarnación del Maestro
Saint Germain); también tenemos una descripción de la Torre de Pisa,
haciendo mención al famoso Galileo Galilei.
El episodio de Florencia está repleto de magia. Cuidad del arte por
excelencia, donde magníficos personajes dejaran huella en lugares como
la Cúpula de Bruneleschi, catalogada como una de las maravillas del
mundo; el Palacio Medici-Ricardi, construido por Micheloso, y el David
de Miguel Ángel, acompañado por una extraordinaria experiencia del autor
del libro.
En el capítulo dedicado a Asís, lugar clave para este viaje a Italia,
Juan Carlos nos regala una biografía de San Francisco, quien fuera una
anterior encarnación del Maestro Koot Hoomi.
Siguiendo su viaje rumbo a Roma, visitando sus antiguas maravillas, como
la famosa escalinata llamada La Cordonata y que lleva al Capitolio, nos
lleva en un recorrido también por el Monumento a Víctor Manuel II de
Giuseppe Sacconi, el impresionante Coliseo, los palacios papales y
principescos del Corso, la vía principal de Roma.
En el Vaticano nos lleva hasta la basílica de San Pedro,
describiéndonosla junto a la Capilla Sixtina, el Museo Vaticano. Aquí se
incluye una poco conocida anécdota de Helena P. Blavatsky.
Por último nos lleva de nuevo hasta la hermosa y cálida Asís en un
recorrido hasta la Iglesia de San Damiano, concluyendo este viaje
repleto de Paz, Amor y Espiritualidad. |
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Cap. IV
ASÍS
(Abril, 1996)
A cada vuelta de la carretera mis ojos se perdían
en el horizonte buscando esa ciudad mágica de la que tanto he escuchado hablar
en mi vida; esa misma ciudad donde habitó el magnífico Ser cuyo Loto Crístico
abarca hoy en día a toda la humanidad.-
La música de la película Hermano Sol, Hermana Luna compuesta por Riz Ortollani
inundaba cada uno de mis pensamientos, y mi corazón desbordaba en
agradecimiento al Amado Maestro Koot Hoomi por esta oportunidad que estábamos
teniendo, la cual acontece pocas veces en una encarnación.
Hacía rato que habíamos dejado atrás la hermosa zona de la
Toscana para sumergirnos de lleno en la mística Umbría, la cual cuenta todavía
hoy en día con cerca de cien pueblos que casi no han cambiado nada desde la
Edad Media. De repente, en una de las vueltas de la carretera, observé un
pueblo en la ladera de una montaña que me llamó mucho más la atención que los
anteriores, y algo dentro de mí me dijo: «aquí está, es Asís, bienvenido». La
emoción de aquel momento no la puedo describir... Se abría ante nosotros un
extenso y hermoso valle, donde a manera de agreste alfombra se encuentra el
famoso Bosque de la Porciúncula.
Eran aproximadamente las doce de la noche cuando llegamos al
hotel Fratello Sole (Hermano Sol), el primero que vimos al llegar.
Prácticamente parecía que nos estaban esperando. Nos dejaron unos
apartamentos, al estilo bungalow, que habían construido recientemente, en
donde estuvimos más cómodamente que en ninguna otra parte del viaje.
En Palestina, dos mil años atrás, había nacido el Sol del
mundo justamente en la noche del solsticio de invierno cuando nuestro sol
físico empieza su recorrido de sur a norte, para levantar, con su portentosa
luz, toda la vida del planeta. Ahora el Sol Interno se levantaba dentro de
nosotros mismos para llenarnos con su Luz y Amor, en nuestro peregrinar por la
Vida, hacia arriba, donde el Padre Todo Amor nos espera.
El día amaneció bastante nublado, pero pronto nos pusimos en
marcha hasta llegar al pueblo en sí, el cual se encontraba a unos minutos de
distancia, asentado en la montaña, cual fino diamante engalanando un suntuoso
anillo. Así llegamos hasta la actual catedral de San Francisco, donde en su
parte inferior se encuentra la tumba del santo. Habíamos acordado en que cada
quién fuera por su cuenta descubriendo los pasos de San Francisco, y así lo
hicimos. En ese momento empezó a caer una lluvia torrencial, la cual parecía
querer limpiarnos emocionalmente y también retarnos a seguir adelante. Pero la
lluvia había llegado muy tarde, ya el fuego estaba encendido en nuestros
corazones y nada lo podía apagar. Carreteras de agua corrían con prisa a
través de las callejuelas impregnadas todavía de la presencia del santo. A
cada esquina imaginaba a los alegres monjes, abrazados por la hermana lluvia,
cantar sus oraciones a Dios y a la Vida. Era como estar en casa, era más bien
como «regresar» a casa.
En una noche, a finales de 1181, a donna Pica; sensible dama
francesa, esposa del comerciante de telas Pietro Bernardone, le vinieron los
dolores de parto, pero el niño no le nacía. Este matrimonio aunque no era
parte de la nobleza de Asís, poseía grandes propiedades y no tenían problemas
económicos. Ningún médico podía hacer nada por la acongojada Pica, en su
imposibilidad de tener al niño. En eso se presentó un peregrino y le dijo que
si se metía en un establo junto a una mula y un buey el niño nacería sin
problemas. Y así fue, salió Pica corriendo al establo y allí lo tuvo casi sin
dolor.
El establo en cuestión hoy en día está convertido en una
pequeñísima ermita, la cual pasa prácticamente desapercibida entre las
callejuelas. Lleva una inscripción que dice:
«Este oratorio era el establo de un buey y de un asno, y en él nació
Francisco, espejo del mundo».
Muy cerca de esta ermita se encuentra la casa paterna de San
Francisco. El nombre de Francesco o Francisco significa «algo francés», y le
fue impuesto al niño por su padre, ya que Don Bernardone importaba gran
cantidad de telas de Francia. Madonna Pica era el amor maternal hecho persona,
y acostumbraba cantar al niño dulces canciones de cuna en el delicado idioma
Francés. Así fue la niñez del santo. El Francés más tarde le sirvió a
Francisco para expresar sus éxtasis divinos a medida que Dios le cantaba a su
Alma. Alrededor de los 17 años, ya Francisco era uno de los jóvenes más
conocidos del pueblo, además de ser el «alma» de su grupo de amigos, compuesto
éste por los hijos de los altos nobles. Le gustaban mucho las fiestas y las
algarabías, y en poco tiempo se convirtió en el líder de la juventud de Asís.
Ataviado con finas telas —las cuales gustaba vestir— cantaba canciones y
recitaba versos, imitando un poco a los trovadores que por aquel tiempo
pululaban de ciudad en ciudad. La vanidad le hizo soñar con glorias militares.
Anhelaba tener un palacio y decorarlo con yelmos, armaduras e instrumentos de
batalla, y en el centro del mismo ver a la doncella más hermosa esperando por
él. Su padre estaba muy orgulloso de tener un hijo tan popular y con tan
«grandes» pretensiones. Pero pronto el destino incierto de su hijo iba a verse
truncado por la Gracia Divina y muy cambiado al que esperaba ver el pobre
Bernardone.
Al fin, Francisco se alistó en una guerra, la cual pasaría a
la historia con el nombre de batalla de Collestrada, en 1202, donde cayó
prisionero y estuvo en un frío calabozo de Perusa durante casi un año. Al
salir y regresar a su amado Asís cayó enfermo y se vio obligado a guardar cama
durante meses enteros. En él se obraría una maravillosa transformación, una
verdadera metamorfosis. Empezó a preguntarse el porqué de la Vida, el origen
del sufrimiento, lo absurdo de los apegos que nos atan a los objetos, a las
luchas y a la desolación. El sólo hecho de ver a sus compañeros de fiestas le
crispaba los nervios. Ahora contemplaba en silencio la belleza que antes no
vio. Una vez recuperado, todavía en el corazón de Francisco quedaban ecos de
gloria y vanidad, y, a pesar de las dudas, éstos le impulsaron nuevamente a
alistarse para ir a luchar esta vez en contra del Imperio que atacaba los
Estados Pontificios en manos del Papa Inocencio III, o sea, una cruzada. Una
noche en Spoleto, estando Francisco acostado en medio de los arreos del
caballo, la Divinidad hacía su segunda jugada. El joven tuvo un extraño
«sueño». Sintió como una voz que le decía:
«—Francisco, ¿a dónde te diriges como un guerrero?
—A la Apulia, a pelear por el Papa.
—Dime, ¿de quién puedes esperar mayor gloria, del Señor o del siervo?
—Naturalmente, del Señor.
—Entonces, ¿por qué sigues al siervo y no al Señor?
—Señor, ¿qué quieres que haga?
—Vuelve a tu casa y allí entenderás lo que se te quiere decir.»
Así lo hizo, a la mañana siguiente retornó a Asís. Bernardone
se sintió profundamente decepcionado de su hijo y lo castigó severamente. Más
tarde, vinieron sus amigos y le pidieron que diera un banquete. Francisco, muy
cortés para negarse, asintió y dio el más grande banquete que ellos habían
conocido. Luego salieron todos a recorrer las callejuelas de la dormida
ciudad. Francisco les acompañaba. Dios preparaba la tercera y más certera
jugada, en la que le daría a probar un poco de la miel de su Presencia. Entre
las callejuelas, acompañando a sus amigos que cada vez sentía más lejanos, de
repente se detuvo y fue inundado por un torrente de Amor y de dulzura divinos
que apagó sus sentidos externos, dejándolo completamente enajenado. Y como más
tarde diría él mismo, si en aquel momento lo hubieran descuartizado, ni se
habría movido en lo más mínimo. Ya nada sería igual para el joven. Todos sus
anhelos de gloria y vanidad se disolvieron por completo. Ahora tenía dentro de
sí el sabor de la Presencia de Dios y no quería otra cosa sino seguir
degustándolo.
Más tarde, frente a la Iglesia de Santa María La Mayor,
Francisco devolvería todas sus posesiones a su padre, quedándose completamente
desnudo y libre para dedicarse a Dios.
Al terminar una estrecha calle se abre impetuosa una amplia
plaza con una impresionante vista que domina todo el pueblo de Asís. Allí se
encuentra la Iglesia de Santa Clara. Dentro se puede ver el crucifijo
bizantino que le hablaría a San Francisco y le diría que reconstruyera la
Iglesia. También se puede ver un sayal o vestidura del Santo hecha por su
hermana espiritual Santa Clara, la cual se adhiriera a los simples preceptos
de la orden Franciscana y más tarde formaría ella misma la orden de las
Clarisas, o hermanas pobres.
El propio Maestro Koot Hoomi ha afirmado haber sido San
Francisco en una vida anterior, y esto no es de extrañar, pues si seguimos la
ilación de la maravillosa trayectoria de encarnaciones de este Maestro,
veremos que los preceptos que dio a la humanidad en cada una de ellas no
difieren casi en nada con los de San Francisco.
Todo está impregnado de su Bendita Presencia. Me sentía en
casa, no quería irme. Y así fue, no me he ido; mi corazón continúa allí, a la
vera del pobre de Asís, para siempre. Se hacía la hora del encuentro con mis
compañeros de viaje y así compartir las experiencias. Esa noche fuimos
bendecidos con una deliciosa comida preparada con gran esmero y amor. Hubo
hermandad, amor, concordia. Era como estar en una orden franciscana. ¡Que día
más perfecto, gracias Padre!
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