JUAN CARLOS GARCIA - Web oficial

 

 
Descripción de lugares y vivencias metafísicas del autor.
"Viajes Metafísicos por Italia" por Juan Carlos García

 ISBN: 84-920841-8-9
 
Editorial:
GMIC Ediciones, España.
 
Fecha de publicación: Enero, 1997
 
Notas: Vol. 3 de la Serie "Viajes
Metafísicos
"

 

Comienza desde el primer capítulo con una interesante narrativa de Génova y de Cristóbal Colón, quien posiblemente fuera una encarnación del Maestro Saint Germain.

En el segundo capítulo, dedicado a la ciudad de Pisa, encontramos a una familia muy interesante: Los Médicis y su relevancia en la educación del Príncipe Rackoczy (quien fuera también otra encarnación del Maestro Saint Germain); también tenemos una descripción de la Torre de Pisa, haciendo mención al famoso Galileo Galilei.

El episodio de Florencia está repleto de magia. Cuidad del arte por excelencia, donde magníficos personajes dejaran huella en lugares como la Cúpula de Bruneleschi, catalogada como una de las maravillas del mundo; el Palacio Medici-Ricardi, construido por Micheloso, y el David de Miguel Ángel, acompañado por una extraordinaria experiencia del autor del libro.

En el capítulo dedicado a Asís, lugar clave para este viaje a Italia, Juan Carlos nos regala una biografía de San Francisco, quien fuera una anterior encarnación del Maestro Koot Hoomi.

Siguiendo su viaje rumbo a Roma, visitando sus antiguas maravillas, como la famosa escalinata llamada La Cordonata y que lleva al Capitolio, nos lleva en un recorrido también por el Monumento a Víctor Manuel II de Giuseppe Sacconi, el impresionante Coliseo, los palacios papales y principescos del Corso, la vía principal de Roma.

En el Vaticano nos lleva hasta la basílica de San Pedro, describiéndonosla junto a la Capilla Sixtina, el Museo Vaticano. Aquí se incluye una poco conocida anécdota de Helena P. Blavatsky.

Por último nos lleva de nuevo hasta la hermosa y cálida Asís en un recorrido hasta la Iglesia de San Damiano, concluyendo este viaje repleto de Paz, Amor y Espiritualidad.

 
Cap. IV
ASÍS
(Abril, 1996)

 

    A cada vuelta de la carretera mis ojos se perdían en el horizonte buscando esa ciudad mágica de la que tanto he escuchado hablar en mi vida; esa misma ciudad donde habitó el magnífico Ser cuyo Loto Crístico abarca hoy en día a toda la humanidad.
La música de la película Hermano Sol, Hermana Luna compuesta por Riz Ortollani inundaba cada uno de mis pensamientos, y mi corazón desbordaba en agradecimiento al Amado Maestro Koot Hoomi por esta oportunidad que estábamos teniendo, la cual acontece pocas veces en una encarnación.

    Hacía rato que habíamos dejado atrás la hermosa zona de la Toscana para sumergirnos de lleno en la mística Umbría, la cual cuenta todavía hoy en día con cerca de cien pueblos que casi no han cambiado nada desde la Edad Media. De repente, en una de las vueltas de la carretera, observé un pueblo en la ladera de una montaña que me llamó mucho más la atención que los anteriores, y algo dentro de mí me dijo: «aquí está, es Asís, bienvenido». La emoción de aquel momento no la puedo describir... Se abría ante nosotros un extenso y hermoso valle, donde a manera de agreste alfombra se encuentra el famoso Bosque de la Porciúncula.

    Eran aproximadamente las doce de la noche cuando llegamos al hotel Fratello Sole (Hermano Sol), el primero que vimos al llegar. Prácticamente parecía que nos estaban esperando. Nos dejaron unos apartamentos, al estilo bungalow, que habían construido recientemente, en donde estuvimos más cómodamente que en ninguna otra parte del viaje.

    En Palestina, dos mil años atrás, había nacido el Sol del mundo justamente en la noche del solsticio de invierno cuando nuestro sol físico empieza su recorrido de sur a norte, para levantar, con su portentosa luz, toda la vida del planeta. Ahora el Sol Interno se levantaba dentro de nosotros mismos para llenarnos con su Luz y Amor, en nuestro peregrinar por la Vida, hacia arriba, donde el Padre Todo Amor nos espera.

    El día amaneció bastante nublado, pero pronto nos pusimos en marcha hasta llegar al pueblo en sí, el cual se encontraba a unos minutos de distancia, asentado en la montaña, cual fino diamante engalanando un suntuoso anillo. Así llegamos hasta la actual catedral de San Francisco, donde en su parte inferior se encuentra la tumba del santo. Habíamos acordado en que cada quién fuera por su cuenta descubriendo los pasos de San Francisco, y así lo hicimos. En ese momento empezó a caer una lluvia torrencial, la cual parecía querer limpiarnos emocionalmente y también retarnos a seguir adelante. Pero la lluvia había llegado muy tarde, ya el fuego estaba encendido en nuestros corazones y nada lo podía apagar. Carreteras de agua corrían con prisa a través de las callejuelas impregnadas todavía de la presencia del santo. A cada esquina imaginaba a los alegres monjes, abrazados por la hermana lluvia, cantar sus oraciones a Dios y a la Vida. Era como estar en casa, era más bien como «regresar» a casa.

    En una noche, a finales de 1181, a donna Pica; sensible dama francesa, esposa del comerciante de telas Pietro Bernardone, le vinieron los dolores de parto, pero el niño no le nacía. Este matrimonio aunque no era parte de la nobleza de Asís, poseía grandes propiedades y no tenían problemas económicos. Ningún médico podía hacer nada por la acongojada Pica, en su imposibilidad de tener al niño. En eso se presentó un peregrino y le dijo que si se metía en un establo junto a una mula y un buey el niño nacería sin problemas. Y así fue, salió Pica corriendo al establo y allí lo tuvo casi sin dolor.

    El establo en cuestión hoy en día está convertido en una pequeñísima ermita, la cual pasa prácticamente desapercibida entre las callejuelas. Lleva una inscripción que dice:

«Este oratorio era el establo de un buey y de un asno, y en él nació Francisco, espejo del mundo».

    Muy cerca de esta ermita se encuentra la casa paterna de San Francisco. El nombre de Francesco o Francisco significa «algo francés», y le fue impuesto al niño por su padre, ya que Don Bernardone importaba gran cantidad de telas de Francia. Madonna Pica era el amor maternal hecho persona, y acostumbraba cantar al niño dulces canciones de cuna en el delicado idioma Francés. Así fue la niñez del santo. El Francés más tarde le sirvió a Francisco para expresar sus éxtasis divinos a medida que Dios le cantaba a su Alma. Alrededor de los 17 años, ya Francisco era uno de los jóvenes más conocidos del pueblo, además de ser el «alma» de su grupo de amigos, compuesto éste por los hijos de los altos nobles. Le gustaban mucho las fiestas y las algarabías, y en poco tiempo se convirtió en el líder de la juventud de Asís. Ataviado con finas telas —las cuales gustaba vestir— cantaba canciones y recitaba versos, imitando un poco a los trovadores que por aquel tiempo pululaban de ciudad en ciudad. La vanidad le hizo soñar con glorias militares. Anhelaba tener un palacio y decorarlo con yelmos, armaduras e instrumentos de batalla, y en el centro del mismo ver a la doncella más hermosa esperando por él. Su padre estaba muy orgulloso de tener un hijo tan popular y con tan «grandes» pretensiones. Pero pronto el destino incierto de su hijo iba a verse truncado por la Gracia Divina y muy cambiado al que esperaba ver el pobre Bernardone.

    Al fin, Francisco se alistó en una guerra, la cual pasaría a la historia con el nombre de batalla de Collestrada, en 1202, donde cayó prisionero y estuvo en un frío calabozo de Perusa durante casi un año. Al salir y regresar a su amado Asís cayó enfermo y se vio obligado a guardar cama durante meses enteros. En él se obraría una maravillosa transformación, una verdadera metamorfosis. Empezó a preguntarse el porqué de la Vida, el origen del sufrimiento, lo absurdo de los apegos que nos atan a los objetos, a las luchas y a la desolación. El sólo hecho de ver a sus compañeros de fiestas le crispaba los nervios. Ahora contemplaba en silencio la belleza que antes no vio. Una vez recuperado, todavía en el corazón de Francisco quedaban ecos de gloria y vanidad, y, a pesar de las dudas, éstos le impulsaron nuevamente a alistarse para ir a luchar esta vez en contra del Imperio que atacaba los Estados Pontificios en manos del Papa Inocencio III, o sea, una cruzada. Una noche en Spoleto, estando Francisco acostado en medio de los arreos del caballo, la Divinidad hacía su segunda jugada. El joven tuvo un extraño «sueño». Sintió como una voz que le decía:

«—Francisco, ¿a dónde te diriges como un guerrero?
—A la Apulia, a pelear por el Papa.
—Dime, ¿de quién puedes esperar mayor gloria, del Señor o del siervo?
—Naturalmente, del Señor.
—Entonces, ¿por qué sigues al siervo y no al Señor?
—Señor, ¿qué quieres que haga?
—Vuelve a tu casa y allí entenderás lo que se te quiere decir.»

    Así lo hizo, a la mañana siguiente retornó a Asís. Bernardone se sintió profundamente decepcionado de su hijo y lo castigó severamente. Más tarde, vinieron sus amigos y le pidieron que diera un banquete. Francisco, muy cortés para negarse, asintió y dio el más grande banquete que ellos habían conocido. Luego salieron todos a recorrer las callejuelas de la dormida ciudad. Francisco les acompañaba. Dios preparaba la tercera y más certera jugada, en la que le daría a probar un poco de la miel de su Presencia. Entre las callejuelas, acompañando a sus amigos que cada vez sentía más lejanos, de repente se detuvo y fue inundado por un torrente de Amor y de dulzura divinos que apagó sus sentidos externos, dejándolo completamente enajenado. Y como más tarde diría él mismo, si en aquel momento lo hubieran descuartizado, ni se habría movido en lo más mínimo. Ya nada sería igual para el joven. Todos sus anhelos de gloria y vanidad se disolvieron por completo. Ahora tenía dentro de sí el sabor de la Presencia de Dios y no quería otra cosa sino seguir degustándolo.

    Más tarde, frente a la Iglesia de Santa María La Mayor, Francisco devolvería todas sus posesiones a su padre, quedándose completamente desnudo y libre para dedicarse a Dios.

    Al terminar una estrecha calle se abre impetuosa una amplia plaza con una impresionante vista que domina todo el pueblo de Asís. Allí se encuentra la Iglesia de Santa Clara. Dentro se puede ver el crucifijo bizantino que le hablaría a San Francisco y le diría que reconstruyera la Iglesia. También se puede ver un sayal o vestidura del Santo hecha por su hermana espiritual Santa Clara, la cual se adhiriera a los simples preceptos de la orden Franciscana y más tarde formaría ella misma la orden de las Clarisas, o hermanas pobres.

    El propio Maestro Koot Hoomi ha afirmado haber sido San Francisco en una vida anterior, y esto no es de extrañar, pues si seguimos la ilación de la maravillosa trayectoria de encarnaciones de este Maestro, veremos que los preceptos que dio a la humanidad en cada una de ellas no difieren casi en nada con los de San Francisco.

    Todo está impregnado de su Bendita Presencia. Me sentía en casa, no quería irme. Y así fue, no me he ido; mi corazón continúa allí, a la vera del pobre de Asís, para siempre. Se hacía la hora del encuentro con mis compañeros de viaje y así compartir las experiencias. Esa noche fuimos bendecidos con una deliciosa comida preparada con gran esmero y amor. Hubo hermandad, amor, concordia. Era como estar en una orden franciscana. ¡Que día más perfecto, gracias Padre!

F I N

Pronto más información y novedades sobre este libro.

 

Música de fondo: "El Templo de la Verdad de Pallas Atenea" por Juan Carlos García     Pulsa la flecha para subir hasta el comienzo de esta página.     
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