PEQUEÑA TIERRA

 

Título: PEQUEÑA TIERRA (Narrativa New Age)
ISBN: 84-89808-11-2
Editorial: Ediciones Giluz, Caracas.
Fecha de publicación: Mayo, 1999
Notas: Con 5 ilustraciones del pintor Felipe Juan Pérez Reyes.

 

Esta obra de Juan Carlos García podría ser una primera luz para las personas que comienzan a plantearse si la reencarnación existe o no. La esperanza para una vida mejor con el conocimiento de que el factor suerte no existe. Que simplemente lo que hay es un plan evolutivo en perfecto orden. Podría motivarlos a estudios metafísicos serios, dando un giro total a la oscuridad en la que el alma no comprende nada y únicamente vive para buscar un puesto de trabajo que le permita sofocar la tensión hasta la "tal-llamada muerte". Podría ayudarlos a saber que, la Real Verdad es que no están solos, que existen miles de Seres Maestros Ascendidos derramando Su Amor y siempre dispuestos a ayudarnos.

Para los estudiantes metafísicos de cualquier nivel, es un viaje delicioso no sólo por la exquisita prosa y delicadeza del autor, sino para poder recapacitar sobre la importancia personal de corregir al ser externo y hacer todo de la mejor manera posible en el aquí y en el ahora, con el fin del logro verdadero de la Libertad, el Estado Ascendido.

El libro extirpa ese pequeño gusanillo de temor al cambio en un lenguaje simple pero didáctico de lo qué ocurre en ese tránsito por el que todos hemos pasado y volveremos a pasar hasta ser Libres. Celebro que este autor no haya caído en conjeturas humanas, tan fácilmente publicadas sobre un tema tan complejo como es el de las regresiones que únicamente atrasan al estudiante serio.

 

 

INDICE GENERAL DE LA OBRA

 

Capítulo IEl Enigmático Profesor, Capítulo IIEl Cambio, Capítulo IIILa Junta Kármica, Capítulo IVLos Instructores, Capítulo V – Un nuevo cuerpo

 


C A P Í T U L O   I

El Enigmático Profesor

 

BUENOS días, queridos oyentes. Hoy es 15 de diciembre de 1984 y ustedes han sintonizado la mejor estación de la mañana. A continuación les vamos a colocar un tema muy pedido... —se escuchó decir de repente.

El frío que penetraba por la ventana de la habitación de Beatriz era casi congelante. Hacía uno de los inviernos más crudos de la década.

La canción que el locutor de la radio había colocado comenzó a molestar a Beatriz, la cual parecía dormir profundamente. Despertándose y con mucha lentitud levantó su mano para intentar apagar el estorbante sonido que había producido la radio a modo de alarma. Cuando logró por fin darle al botón de apagado, con voz perezosa dijo:

—¡Otro día más...!

Luego se levantó de su cama y poniéndose sus zapatillas se dirigió al baño que se encontraba en el pasillo inmediato a su habitación. Después de un largo rato dentro del mismo y habiéndose cepillado los dientes y lavado la cara, vio el reloj y dijo asombrada:

—¡Ah, pero si ya son las siete y media de la mañana y yo todavía en casa!

Y entrando velozmente de nuevo a su habitación, abrió de par en par las puertas del armario y pronto escogió lo que se iba a poner.

Sin desayunar y despidiéndose de sus padres, los cuales apenas comenzaban a despertarse, abrió la puerta principal y salió como volando. Rápidamente y estando en la calle levantó un dedo en señal de que un autobús —que se acercaba— la recogiera. El autobús paró violentamente y ésta subió.

Beatriz era una muchacha de veinte años de edad, de figura muy espigada, como de un metro ochenta. Su cabello ondulado y casi azabache le llegaba hasta la mitad de su espalda, era de tez blanca y sus ojos de un delicado azul-cielo. Casi siempre se le podía identificar porque llevaba a cuestas toda una pila de libros. Desde muy pequeña comenzó a estudiar y ahora que tenía la oportunidad de ir a la universidad la estaba aprovechando muy bien. Ella estudiaba Filosofía en una conocida universidad de la región. Apenas le faltaba dos años para graduarse y ahora asistía a unas clases extraordinarias de invierno.

Por fin llegó Beatriz a su universidad y hablando con una amiga de clases entraron al salón donde le esperaba la cátedra de un reconocido filósofo y escritor que Beatriz siempre había querido conocer y que parecía iba a ser su nuevo profesor. A las ocho y media, muy puntualmente, el profesor hizo acto de presencia. Era un señor no muy alto, de barba bien cuidada y de mirada penetrante, delgado y con un abrigo que daba la impresión de ser muy caliente y protegedor.

Luego de un saludo habitual y algunas trivialidades, el profesor se quitó el abrigo y lo colocó en el espaldar de su asiento. Haciendo una breve revisión visual por el aula dijo:

—Veo que hay alumnos muy jóvenes aquí. Eso es muy reconfortante, pues la mayoría de la gente piensa que la Filosofía es sólo para mayores. Yo soy su nuevo profesor de Antropología Filosófica y de Metafísica II. Me llamo Pedro Nieves y estoy a la orden para cualquier pregunta o duda que tengan. Estaré con ustedes durante este pequeño curso y durante todo el año próximo también.

En ese momento, se oyó un suave toque que provenía de la puerta.

—¡Pase por favor! —dijo el profesor.

Entonces entró la directora de la universidad, la cual era también profesora de Filosofía y Letras.

—¡Buenos días! —dijo dirigiéndose al profesor y a la concurrencia al mismo tiempo—. Estoy encantada con que el profesor Nieves sea su nuevo guía, pues él es un reconocido filósofo y escritor y vino sólo con la condición de prepararlos muy bien para que ustedes sirvan a la vez de guías en los cursos menores. Es muy importante de que aprendan lo más que puedan de esta gran personalidad que nos ha hecho el honor de venir a prepararlos. Hoy solamente les mostrará los temas que se estudiarán en este pequeño curso de invierno.

Mientras tanto, el profesor escribía en la pizarra.

Luego de sonar irritantemente el timbre, todos los alumnos de la clase se levantaron de sus respectivos asientos y en forma apurada se despidieron del profesor, el cual aún no terminaba de escribir en el pizarrón.

Admirada, Beatriz permanecía en su asiento observando al profesor. Al parecer éste ejercía una atracción irresistible sobre ella, pero no era una atracción física, sino una atracción meramente espiritual. A Beatriz le parecía ver a su abuelo, ya fallecido, en el cuerpo de aquel intrigante profesor.

—¡Señorita! —dijo la directora al acercársele—, es hora del almuerzo y usted todavía permanece aquí sentada.

—Disculpe, señora directora, pero quería hacerle una pregunta que es muy importante para mí —dijo Beatriz—. ¿Este nuevo profesor de Filosofía, no había dado clases aquí en la universidad anteriormente? ¡Porque en realidad me parece muy conocido...!

Y la directora, un poco extrañada, le contestó:

—¡No, hija mía, él nunca ha dado clases aquí! Pero es cierto que desde hace años hemos tratado de contratarlo y ahora que lo tenemos estamos muy contentos y agradecidos con él.

En eso, el profesor, que terminaba de escribir en la pizarra, dijo:

—¡Yo no vengo aquí sólo por la razón de dar clases! ¡Yo vengo aquí para cumplir una misión muy especial!

Sí, al parecer el profesor había escuchado la murmurada conversación que sostenían Beatriz y la directora a pesar de que éste estaba muy lejos para poder escucharla. Beatriz quedó todavía más impresionada de lo que estaba, pero en cambio, la directora, que estaba parada y todavía más cerca del profesor que Beatriz, no escuchó nada de lo que éste había dicho.

—¡Que tengan un buen día! —volvió a decir el profesor.

Esta vez la directora sí lo escuchó y le respondió:

—¡Igualmente, señor Nieves!

Entonces, el profesor, levantando suavemente su abrigo, caminó hasta la puerta y salió del salón de clases.

—¡Hasta luego, señora directora! —dijo apresuradamente Beatriz al levantarse de su asiento.

Cuando Beatriz llegó a la puerta se sorprendió mucho al ver que por aquel pasillo no había ni rastro del profesor. Entonces pensó:

—¡Ni volando pudo haber cruzado el pasillo tan rápido! ¡Qué intrigante es este nuevo profesor!

En esto, la amiga de Beatriz, que permanecía esperándola en el pasillo, le dijo:

—¿Que pasó Bea? ¿A quién buscas?

—¡El profesor nuevo que acaba de salir del salón! —contestó Beatriz.

—¡Qué profesor ni que nada! Por aquí no ha salido nadie porque he estado observando esta puerta desde que sonó el timbre; el profesor todavía debe estar adentro.

Y asomándose Beatriz y su amiga Claudia al salón, se dieron cuenta de que en verdad el profesor había salido.

—¡Ves, Claudia, aquí no hay nadie excepto la directora! —dijo Beatriz.

—¡Pero Bea, yo estoy segura de que por aquí no salió! —replicó Claudia un poco aturdida.

—No importa, el lunes comienzan las verdaderas clases y tendré la oportunidad de conversar un poco con él —dijo Beatriz.

Beatriz sentía en su corazón una sensación muy especial cuando pensaba en este enigmático profesor. Parecía que de ella emanaba una especie de energía que le daba calor pero que no la llegaba a sofocar.

Mientras tanto, el profesor Pedro, en su oficina particular en la universidad, permanecía con los ojos cerrados y muy quieto. De pronto, una energía blanca-cristal comenzó a brotar de su pecho y sin más espera le recubrió todo el cuerpo. Su cara cambiaba y relucía cada vez más, sus vestiduras brillaban de blancas y de la apariencia anterior del profesor no quedó nada. Después de unos segundos su cuerpo radiante parecía desaparecer y entonces desde los éteres se escuchó una voz palpitante que dijo:

—"Yo Soy la piedra blanca; la Llave que abre a lo interno".

Y sin más espera, dos radiantes y angelicales seres, al parecer gemelos, se hicieron presentes en aqueya habitación. Estos eran altos y estaban vestidos con una especie de túnicas de un estilo griego pero que no eran más que rayos de luz que emanaban de sus cuerpos. Desde sus corazones y hacia atrás se desprendían lo que a simple vista parecían alas pero que no eran sino dos vórtices de energía con esa apariencia. Sus auras llenaban todo lo circundante. Uno de estos seres le dijo al profesor:

—¡Estamos a sus ordenes, amado Director!

Y entregándole un rollo de papel dorado, desaparecieron al instante. Entonces, el profesor desató el nudo de la cinta que sujetaba el rollo y comenzó a leer lo que éste contenía. Las letras eran de color violeta y sutilmente perfiladas. El texto decía:

“Amado hermano, la misión ha tenido que ser acelerada para evitar interrupciones que atrasen y perturben el proceso. Por eso es imperante que usted prepare todo lo concerniente para hoy en la noche”.

El profesor se levantó rápidamente de su asiento y al caminar hacia la puerta se desvaneció como el humo.

Beatriz, que apenas salía de la universidad, percibió otra de sus extrañas sensaciones pero esta vez con mayor fuerza. Indudablemente ella tenía mucho que ver con la misión que debía hacer el profesor Pedro.

Llegando Beatriz a su casa encontró que sus padres habían recibido una extraña carta que les daba una serie de instrucciones y un mapa de una región cercana a la cuidad, pero que desde hacía mucho tiempo estaba cerrada al público.

—¿Cómo es que llegó esta carta aquí, papá? —preguntó Beatriz.

—Bueno hija —contestó su padre—, estaba yo en la sala viendo televisión y de repente escuché un picoteo en la ventana, entonces me acerqué y me di cuenta de que era un ave sumamente extraña; su plumaje nunca antes lo había visto. Contenía en todas sus plumas los colores del arco iris. Era verdaderamente hermosa y su belleza singular me dejaba abstraído. Luego me fijé que, atada debajo de su ala derecha, tenía esta carta y delicadamente la tomé. Cuando ya la tenía en mis manos y la comencé a leer, el ave en cuestión simplemente desapareció sin dejar rastro. ¡Yo pienso que debemos ir, y rápidamente! Aquí dice que sólo tu madre y yo debemos hacerlo.

 


 

Ir a Home Regreso a Página de Libros
 
Música / Music Libros / Books Diseños Biografía / Biography Novedades / News 
Galería / Gallery Sala de Meditación / Meditation Room Metafísica Favoritos / Links Pedidos / Order E-mail

Música de fondo: "El Templo de la Verdad de Pallas Atenea"del CD "MÚSICA SAGRADA para una Nueva Era"
Copyright 2001-2006 by Juan Carlos Garcia.  All rights reserved.
This site uses Real Player G2, Windows Media Player and Flash Player. Last update: 01-08-2006